La serotonina, también denominada 5-hidroxitriptamina (5-HT), constituye uno de los neurotransmisores más importantes en la regulación del comportamiento alimentario y del equilibrio energético. Su participación abarca desde el control homeostático del hambre y la saciedad hasta la modulación de los componentes hedónicos, emocionales y cognitivos de la alimentación. A diferencia de otros sistemas neuroquímicos que ejercen funciones predominantemente excitadoras o inhibitorias, la serotonina actúa mediante una compleja red de receptores distribuidos en múltiples regiones del sistema nervioso central y en diversos órganos periféricos, permitiendo coordinar la respuesta metabólica con el estado nutricional, las reservas energéticas y las necesidades fisiológicas del organismo. Debido a esta amplia distribución anatómica y funcional, las alteraciones serotoninérgicas producen modificaciones profundas tanto en la ingesta alimentaria como en el estado afectivo, la ansiedad, la impulsividad y la flexibilidad cognitiva, características que constituyen elementos centrales en la fisiopatología de la anorexia nervosa. La evidencia procedente de estudios de neuroimagen molecular, farmacología, genética y neuroendocrinología demuestra que las alteraciones del sistema serotoninérgico representan uno de los principales mecanismos neurobiológicos implicados en el desarrollo y mantenimiento de este trastorno.
La síntesis de serotonina depende del aminoácido esencial triptófano, el cual debe obtenerse exclusivamente mediante la alimentación. Después de su absorción intestinal, el triptófano atraviesa la barrera hematoencefálica mediante transportadores específicos y es convertido inicialmente en 5-hidroxitriptófano por la enzima triptófano hidroxilasa tipo 2, paso limitante de la síntesis cerebral de serotonina. Posteriormente, el 5-hidroxitriptófano es descarboxilado para formar serotonina, la cual se almacena en vesículas sinápticas y es liberada en respuesta a la actividad neuronal. Tras ejercer su efecto sobre los receptores postsinápticos y presinápticos, la serotonina es recaptada por el transportador específico de serotonina y posteriormente degradada principalmente por la monoaminooxidasa. Debido a que la disponibilidad de triptófano determina parcialmente la velocidad de síntesis de serotonina, cualquier disminución importante de la ingesta proteica, como ocurre durante la restricción alimentaria prolongada de la anorexia nervosa, reduce significativamente la producción cerebral de este neurotransmisor y altera el funcionamiento de múltiples circuitos neuronales implicados en la regulación del apetito, la emoción y la conducta.
En condiciones fisiológicas, la serotonina ejerce un potente efecto anorexigénico dentro del sistema nervioso central. Después de la ingestión de alimentos, la actividad serotoninérgica aumenta en diversos núcleos hipotalámicos y del tronco encefálico, actuando como una señal de saciedad de acción relativamente rápida que limita el tamaño de la comida y contribuye a finalizar la ingesta antes de que se produzca un exceso de consumo energético. Este efecto constituye uno de los principales mecanismos mediante los cuales el organismo mantiene la homeostasis energética, evitando un balance calórico positivo persistente.
El principal centro integrador de la acción serotoninérgica sobre el apetito corresponde al núcleo arcuato del hipotálamo, donde convergen señales hormonales, nutrientes circulantes y neurotransmisores que regulan el equilibrio energético. En esta región existen dos poblaciones neuronales funcionalmente opuestas. Las neuronas productoras de proopiomelanocortina y del transcrito regulado por cocaína y anfetamina poseen actividad anorexigénica, mientras que las neuronas productoras de neuropéptido Y y proteína relacionada con Agouti presentan actividad orexigénica y estimulan intensamente la alimentación.
La serotonina potencia simultáneamente ambos mecanismos inhibidores del apetito. Por una parte, activa receptores 5-HT2C localizados sobre las neuronas productoras de proopiomelanocortina, incrementando su frecuencia de descarga y favoreciendo la liberación de α-melanocitoestimulante. Este neuropéptido activa posteriormente los receptores melanocortínicos tipo 4 en neuronas de segundo orden, generando una intensa señal de saciedad, disminución del hambre y aumento del gasto energético. Paralelamente, la serotonina estimula receptores 5-HT1B presentes sobre las neuronas productoras de neuropéptido Y y proteína relacionada con Agouti, inhibiendo directamente su actividad eléctrica y reduciendo la liberación de estos potentes péptidos orexigénicos. El resultado es una doble acción fisiológica que refuerza la inhibición de la alimentación mediante la activación de vías anorexigénicas y la supresión simultánea de las vías estimuladoras del apetito.
Este mecanismo dual explica por qué la serotonina constituye uno de los reguladores centrales más eficaces de la saciedad. La activación coordinada de ambos circuitos permite una terminación rápida y eficiente de la comida, evitando el consumo excesivo de energía y contribuyendo al mantenimiento del peso corporal.
Además de los receptores 5-HT1B y 5-HT2C, otros subtipos participan en la regulación del comportamiento alimentario. Los receptores 5-HT6, ampliamente distribuidos en corteza cerebral, hipocampo e hipotálamo, intervienen en la integración cognitiva de la conducta alimentaria y en la modulación de la saciedad. La inhibición farmacológica de estos receptores disminuye el consumo de alimentos en diversos modelos experimentales, lo que demuestra su participación en los mecanismos de control energético. Asimismo, la importancia fisiológica de los receptores 5-HT2C quedó demostrada con el desarrollo de lorcaserina, agonista altamente selectivo de este receptor que produjo pérdida ponderal clínicamente significativa mediante el incremento de la saciedad y la reducción del consumo energético. Aunque posteriormente fue retirada del mercado por preocupaciones relacionadas con seguridad oncológica, su eficacia clínica confirmó el papel fundamental del receptor 5-HT2C como uno de los principales mediadores de la acción anorexigénica serotoninérgica.
La serotonina también incrementa el gasto energético mediante mecanismos autónomos. La activación de neuronas serotoninérgicas favorece el tono simpático dirigido hacia el tejido adiposo pardo, aumentando la expresión de proteínas desacoplantes mitocondriales responsables de la termogénesis adaptativa. Como consecuencia, se incrementa la oxidación de sustratos energéticos y la disipación de energía en forma de calor, contribuyendo al mantenimiento del balance energético negativo cuando existe exceso de reservas corporales. Este efecto complementa la disminución del consumo de alimentos y convierte a la serotonina en un regulador simultáneo tanto de la entrada como del gasto de energía.
La regulación serotoninérgica del apetito no depende exclusivamente del hipotálamo. En el tronco encefálico, especialmente en el núcleo del tracto solitario, la serotonina integra múltiples señales procedentes del aparato digestivo que informan sobre el volumen y composición del alimento ingerido. En esta región interactúa estrechamente con la colecistoquinina, hormona intestinal liberada durante las comidas que induce saciedad precoz mediante la activación de aferencias vagales. La estimulación serotoninérgica potencia la respuesta neuronal inducida por la colecistoquinina, amplificando la señal de terminación de la ingesta. De manera similar, la leptina, hormona producida por el tejido adiposo en proporción a las reservas energéticas, aumenta la sensibilidad de determinados circuitos serotoninérgicos y favorece la transmisión de señales anorexigénicas. La interacción entre leptina y serotonina permite integrar información sobre las reservas energéticas a largo plazo con las señales de saciedad generadas durante cada comida.
Simultáneamente, la serotonina antagoniza la acción de diversos sistemas orexigénicos. Uno de los mecanismos más importantes consiste en la inhibición funcional del neuropéptido Y, considerado uno de los estimuladores más potentes del apetito. La disminución de la liberación de neuropéptido Y reduce el impulso biológico hacia la búsqueda de alimentos, favoreciendo el predominio de las señales de saciedad. Además, existen importantes interacciones con las neuronas productoras de orexina, integrando la regulación del apetito con los mecanismos que controlan la vigilia, el estado de alerta y el gasto energético.
Aunque la serotonina central disminuye la ingesta alimentaria, sus acciones periféricas presentan características marcadamente diferentes e incluso opuestas. Aproximadamente el 95 % de la serotonina corporal se sintetiza fuera del sistema nervioso central, principalmente en las células enterocromafines del intestino delgado. Después de la ingestión de alimentos, la serotonina intestinal participa activamente en la regulación de la motilidad gastrointestinal, la absorción de nutrientes y diversas funciones metabólicas.
En tejidos periféricos, la serotonina favorece la absorción intestinal de glucosa y otros nutrientes, estimula la secreción de insulina por las células β pancreáticas en determinadas condiciones fisiológicas y promueve la lipogénesis hepática y del tejido adiposo blanco. Estas acciones facilitan el almacenamiento de energía en forma de triglicéridos, representando un efecto metabólico opuesto al observado en el sistema nervioso central. La existencia de estas funciones divergentes demuestra que la serotonina constituye una molécula con acciones dependientes del tejido sobre el cual actúa, permitiendo coordinar simultáneamente la utilización y el almacenamiento energético.
Las alteraciones serotoninérgicas representan uno de los hallazgos neurobiológicos más consistentes en la anorexia nervosa. Diversas investigaciones han demostrado que este trastorno no puede explicarse únicamente por la disminución de la disponibilidad de serotonina secundaria a la restricción alimentaria, sino que existe una alteración funcional mucho más compleja que involucra modificaciones en la neurotransmisión, la expresión de receptores y la sensibilidad postsináptica.
Uno de los modelos fisiopatológicos más aceptados propone la existencia de hiperactividad serotoninérgica postsináptica previa al desarrollo clínico de la enfermedad. Según esta hipótesis, algunos individuos presentan una mayor actividad funcional de determinadas vías serotoninérgicas, especialmente aquellas dependientes del receptor 5-HT1A. Esta hiperactividad produciría ansiedad elevada, hipervigilancia, rigidez cognitiva, perfeccionismo, evitación del daño y estado afectivo disfórico. En estos individuos, la restricción alimentaria disminuiría el aporte de triptófano y reduciría transitoriamente la síntesis cerebral de serotonina, atenuando parcialmente la hiperactividad serotoninérgica y proporcionando una sensación subjetiva de alivio emocional. Como consecuencia, la restricción dietética actuaría como un mecanismo de reforzamiento negativo que favorece el mantenimiento de la conducta restrictiva.
Este modelo explica por qué muchas personas con anorexia nervosa describen una reducción temporal de la ansiedad al disminuir la ingesta alimentaria, fenómeno aparentemente paradójico considerando que la inanición constituye un potente factor estresante. La disminución de la síntesis serotoninérgica inducida por la reducción del triptófano podría disminuir transitoriamente la hiperestimulación de determinados receptores, proporcionando un alivio emocional que fortalece progresivamente el comportamiento restrictivo.
La restricción alimentaria prolongada reduce significativamente las concentraciones plasmáticas de triptófano libre. Debido a que el transporte cerebral de este aminoácido depende de su disponibilidad relativa frente a otros aminoácidos neutros de cadena larga, la desnutrición disminuye la cantidad de triptófano que alcanza el sistema nervioso central y reduce la síntesis de serotonina. Esta disminución altera múltiples funciones cerebrales relacionadas con el control emocional, la regulación del estado de ánimo y la modulación de la impulsividad.
Paradójicamente, aunque la síntesis absoluta de serotonina disminuye durante la inanición, los estudios neuroquímicos demuestran una regulación compensatoria de diversos receptores serotoninérgicos. Entre las alteraciones más consistentes destaca el aumento de la disponibilidad de receptores 5-HT1A postsinápticos en varias regiones cerebrales implicadas en la ansiedad y el procesamiento emocional. Esta regulación al alza incrementa la sensibilidad neuronal frente a pequeñas cantidades de serotonina y podría contribuir al mantenimiento de la ansiedad patológica, la inhibición conductual y la supresión persistente del apetito.
De forma paralela, diversos estudios mediante tomografía por emisión de positrones han demostrado alteraciones en la unión de receptores 5-HT2A localizados en corteza prefrontal, corteza cingulada, corteza temporal y otras estructuras relacionadas con la integración cognitiva y emocional. Estas modificaciones podrían explicar la rigidez cognitiva, la distorsión de la imagen corporal, la perseveración conductual y la dificultad para modificar creencias erróneas relacionadas con el peso y la alimentación.
Los estudios de neuroimagen molecular también han identificado alteraciones persistentes en los receptores 5-HT1B, implicados en la regulación de la liberación de neurotransmisores y en la modulación del circuito de recompensa. Estas anomalías afectan regiones cerebrales involucradas en la valoración hedónica de los alimentos, favoreciendo una respuesta emocional anómala frente a la comida y disminuyendo el valor gratificante de la alimentación.
Uno de los hallazgos más relevantes consiste en que muchas de estas alteraciones serotoninérgicas persisten incluso después de la recuperación nutricional y la restauración del peso corporal. Personas recuperadas de anorexia nervosa continúan presentando patrones anormales de disponibilidad de receptores 5-HT1A, 5-HT1B y 5-HT2A semejantes a los observados durante la enfermedad activa. Esta persistencia indica que dichas alteraciones no representan únicamente una consecuencia de la inanición, sino probablemente una característica biológica preexistente que aumenta la vulnerabilidad para desarrollar el trastorno. En consecuencia, la disfunción serotoninérgica constituye un rasgo neurobiológico relativamente estable que puede anteceder a la aparición de los síntomas clínicos y persistir después de la recuperación ponderal.
La relación entre serotonina, ansiedad y depresión también ha sido ampliamente documentada en pacientes con anorexia nervosa. Concentraciones reducidas de triptófano plasmático y alteraciones del metabolismo serotoninérgico se correlacionan con mayor gravedad de los síntomas ansiosos y depresivos. Durante la realimentación, el incremento progresivo del aporte de triptófano favorece la restauración parcial de la síntesis de serotonina, fenómeno que se asocia con mejoría de los síntomas depresivos, reducción de la ansiedad y recuperación gradual de la estabilidad emocional. Sin embargo, la persistencia de alteraciones receptoriales explica por qué muchos pacientes continúan presentando rasgos ansiosos y obsesivos incluso después de alcanzar un peso saludable.
La disfunción serotoninérgica también contribuye a explicar otros rasgos psicológicos característicos de la anorexia nervosa, como el perfeccionismo extremo, la necesidad de control, la evitación del riesgo, la obsesividad y la inflexibilidad cognitiva. Estas características no constituyen únicamente consecuencias psicológicas de la desnutrición, sino manifestaciones de alteraciones funcionales en circuitos serotoninérgicos que conectan la corteza prefrontal, el sistema límbico, la amígdala y los ganglios basales. La interacción de estos circuitos con los sistemas dopaminérgicos, glutamatérgicos y gabaérgicos genera un patrón neurobiológico complejo en el cual la alimentación deja de representar una conducta gratificante y se convierte progresivamente en un estímulo asociado con ansiedad, miedo y necesidad de control.
La evidencia científica actual considera que la serotonina ocupa una posición central dentro del modelo neurobiológico de la anorexia nervosa. En condiciones fisiológicas, este neurotransmisor coordina la saciedad, disminuye la ingesta, incrementa el gasto energético e integra señales homeostáticas y hedónicas procedentes del hipotálamo, el tronco encefálico y otros centros cerebrales. En la anorexia nervosa, la existencia de una vulnerabilidad serotoninérgica previa, combinada con las alteraciones inducidas por la desnutrición y la regulación compensatoria de sus receptores, genera un círculo fisiopatológico que perpetúa la restricción alimentaria, incrementa la ansiedad y favorece la persistencia de conductas obsesivas y evitativas. Esta integración explica por qué la disfunción serotoninérgica constituye uno de los pilares fundamentales para comprender tanto el descontrol del apetito como las alteraciones emocionales y cognitivas que caracterizan a este trastorno.

Fuente y lecturas recomendadas:
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